El anuncio del adiós de Josep Guardiola a finales de abril agitó las aguas culés más rápidamente de lo previsto. El movimiento fue casi simultáneo, como si su alejamiento hubiese desprendido la tapa que contenía, aprisionándolo, al entorno o, mejor, a los entornos, que son diversos, como demonios encadenados, y el barcelonismo se vio inmerso en un pim, pam, pum inesperado, pero familiar. Luego, se calmó, fuese por exagerado y extemporáneo, fuese por la proximidad de la final de la Copa de Rey, aunque su rol debió de jugar el propio Guardiola y su petición de “a mí, me dejen de lado”.
Del meu article a El País.

Rosell, el entorno y los opositores | Deportes | EL PAÍS

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